lunes, 23 de diciembre de 2013

LA NARANJA DE NAVIDAD



Quisiera contarles una historia que me abuela contó cuando tenía seis ó siete años. Habíamos ido a su casa para la Cena de Acción de Gracias y el viaje había sido un poco largo. Aproveché el tiempo haciendo una lista todas las cosas que quería para Navidad ese año.

Luego esa noche, cuando estaba listo para dormir, le mostré la lista a mi abuela. Tras leerla, me dijo: “Muchacha, ¡esta es una lista verdaderamente larga!” Entonces me tomó y me sentó sobre su regazo en una gran silla mecedora y me contó esta historia.

“Había una vez una niñita que llegó a vivir en un orfanato en Dinamarca (ahora bien, mi abuela era de Dinamarca por lo que la historia pudiera ser verídica). 


Al acercarse la Navidad, los demás niños comenzaron a decirle a la niñita sobre el hermoso árbol de Navidad que aparecería en el enorme salón escaleras abajo en la mañana de Navidad. Tras de su usual y generalmente muy sencillo desayuno, a cada niño se le daría su único regalo navideño: una pequeña naranja”.

En ese punto miré a mi abuela incrédulo, pero ella me aseguró que aquello sería lo cada niño recibiría para Navidad.

“Ahora, el director del orfanato era muy estricto y pensaba que la Navidad era una molestia. Así que en la Nochebuena, cuando pilló a la niñita bajando las escaleras para aguaitar al tan mencionado árbol de Navidad, declaró enfáticamente que ella no recibiría su naranja de Navidad por haber sido tan curiosa como para desobedecer las reglas. 

La niñita corrió de vuelta a su habitación con el corazón roto y llorando por su terrible destino”.

“La mañana siguiente, mientras los demás niños bajaban a desayunar, la niñita se quedó en cama. No podía soportar la idea de ver a los demás recibir su regalo y que no habría ninguno para ella”.

“Luego, mientras los niños volvieron arriba, la niñita se sorprendió al recibir una servilleta. Cuando lo abrió cuidadosamente, para su sorpresa, había una naranja pelada y partida”.

“¿Cómo puede ser esto cierto?” preguntó.

“Fue entonces que descubrió que cada niño había tomado una sección de su naranja y se la había dado a ella para que también tuviese una naranja de Navidad”.

¡Cómo me encanto esta historia! Le pedía a mi abuela que me la contara una y otra vez mientras crecía. Cada Navidad, al sacar una grande y jugosa naranja de mi calcetín, pienso en esta historia. ¡Qué ejemplo del verdadero significado de la Navidad el que desplegaron aquellos huérfanos esa mañana de Navidad! 


Cómo desearía que el mundo como un todo pudiese desplegar esa misma preocupación, al estilo de Cristo, por los demás, no solamente en Navidad, sino durante todo el año.


¿Con cuánto pensamos que estaríamos satisfechos en la vida?


La pregunta es un tanto ambigua porque cada persona es literalmente un mundo aparte. Lo que para muchos sería abundancia, para otros resulta miseria. 


Sin embargo, la apreciación personal no necesariamente tan fidedigna como muchos quisiéramos pensar.
 

La verdad es que son muchos los factores que influyen en su desarrollo: trasfondo cultural y familiar, personalidad, etc. Pero lo cierto es que cuando reflexionamos de corazón, concluimos que Dios nos ha bendecido muchísimo y que no podemos realmente quejarnos, sino más bien buscar maneras y alternativas para bendecir a otros con la “abundancia” que Dios nos ha dado.
 

Si bien no siempre la abundancia se medirá en bienes ni en dólares, siempre estará allí para ser compartida “de gracia”, tal y como la recibimos.
 

Adelante y que esta Navidad sea una de precioso compartimiento con otros.
Que Dios les continúe bendiciendo.

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