jueves, 4 de septiembre de 2014

DIVORCIO ¿ SOLUCION O DESVENTURA ? Por: Angela Marulanda



Al mundo no vinimos a “vivir felices”, como nos hace creer la cultura consumista, sino a merecernos la felicidad. Y no hay mejor entrenamiento para este propósito que el matrimonio porque es una experiencia ideal para enseñarnos a colaborar, a perdonar, a servir y a compartir, es decir, a amar. Pero como ahora vivimos en función de tener más y no de dar más, cada vez hay más divorcios porque “no somos felices”.

Sin duda, a pesar de todas las ventajas de que gozamos hoy, hay más problemas que nunca y más matrimonios que se acaban principalmente porque la cultura consumista nos ha convencido de que al mundo vinimos a gozar y no a sufrir. Y el matrimonio exige mucho trabajo y esfuerzo.

El divorcio no soluciona los problemas de pareja, sino que los empeora. Eso de que “él vive tranquilo en su casa, yo en la mía, los niños van de un lado a otro y todos somos felices” no es cierto. Lo que logra el divorcio es que se agraven los problemas existentes y surjan otros más serios. Si los conflictos eran por dinero, serán peores porque hay que sostener dos casas y los gastos se duplican. Si eran por “incompatibilidad de caracteres”, serán más incompatibles cuando se vean mutuamente como enemigos. Si eran por falta de comunicación, una vez separados ya no habrá diálogo, sino alegatos disputándose con qué se queda cada uno.

La separación no es el ideal que muchos creen, salvo cuando hay tanto malestar en la convivencia que todos se perjudican, especialmente los hijos. Pero no es fácil, porque cuando los padres no viven juntos tienen el doble de cargas y la mitad de recursos (humanos y financieros) para la familia. Y los niños pierden mucho porque los padres se dedican a darles todo lo que piden y no lo que necesitan: presencia, normas y exigencias.

No quiero decir que la mejor opción sea continuar juntos y desdichados, sino decidirse a cambiar de actitud y no solo de cónyuge. Se necesitan más esfuerzos para acabar la relación que para arreglarla. Y de ahí en adelante todo es más complicado, porque ya no hay que mantener una casa sino dos, lidiar con un cónyuge sino con un “ex” que odiamos, ni cuidar unos hijos amorosos sino resentidos. Es decir, los problemas no se acaban sino que se multiplican y todos salimos perjudicados.

EL VALOR DEL DINERO - Por: Angela Marulanda



Llevamos un tiempo lamentándonos de la importancia tan grande que la sociedad le da al dinero y de lo que la gente es capaz de hacer por tener más. Sin embargo, no nos damos cuenta de que todos somos parte de esa sociedad que acusamos de materialista. Y la verdad es que, aun cuando muchos creemos vivir orientados por valores más trascendentes que los de la Bolsa, si revisamos nuestro estilo de vida, prioridades y metas, nos daremos cuenta de que tener mucho dinero es la meta que persigue la mayoría.

Sin embargo, el dinero puede traer tantas ventajas como calamidades. Hay familias que se odian, parejas que se destrozan (y destrozan a los hijos) y negocios ilícitos que prosperan por el dinero. 
Además, es evidente que hoy tener mucho dinero es fundamental para ser dignos de respeto y que muchos son capaces de cualquier cosa para obtenerlo.

Lo más preocupante es la enseñanza que esto les está dejando a los hijos. 

Además de que se ha establecido que ser muy ricos es ser más importante y que la posición social se puede comprar con dinero, los padres lo reafirmamos cuando les compramos a los niños todo “para que no se queden atrás” de sus amigos. 
Por eso, no sorprende que haya jóvenes que menosprecian a los compañeros que tienen menos recursos. 
Esta actitud no es innata en los niños, así que ¿dónde la habrán aprendido? 

Una cultura que gira en torno a tener más no es la ideal para criar hijos íntegros.

Si trabajamos más de lo mandado para “darles todo” a los niños, ¿qué les estaremos inculcando en el proceso? ¿Que el dinero amerita sacrificar hasta la familia para adquirirlo? ¿Que el dinero da poder y compra una alta posición social? ¿Que la gente con dinero es mejor que la que no tiene suficiente?

El problema no es el dinero, sino el valor supremo que le damos. 

No podemos cambiar los valores de la sociedad, pero sí podemos hacer un cambio importante en nuestra familia si nuestro trabajo, intereses y amistades giran alrededor de valores superiores, que prioricen virtudes como la justicia, la honestidad y el amor al prójimo. 

Recordemos que todo lo que es realmente valioso para nosotros, como es una familia amorosa, una fe sólida y una vida con propósito, no se compra con dinero, sino que se construye alrededor de estos valores.

EL CELULAR ..¿ TELEFONO O CORDON UMBLICAL ? - Por: Angela Marulanda



Se imaginan lo incómodo y agotador que sería si la naturaleza hubiese dispuesto que el cordón umbilical de los hijos no se pudiera cortar sino unos cuantos años después de nacidos? ¿Y que nos tocara vivir con ellos colgados de nosotros a todas horas del día y de la noche por un buen tiempo?

Para mí, temo que eso es lo que está pasando, pero no porque así lo haya dispuesto la naturaleza sino porque nosotros decidimos hacerlo cuando les ayudamos, les solucionamos y les damos todo a los hijos. 
No sé a qué horas nos inventamos que ser buenos padres es estar constantemente al tanto de sus obligaciones, monitoreando sus asuntos, asumiendo sus deberes como propios y pagando las consecuencias de sus errores. 
Y lo grave es que hoy es tentador y fácil “colaborarles” (léase inmiscuirnos) en sus problemas permanentemente gracias a que dotamos a los niños con un celular que hace las veces de cordón umbilical virtual y les permite llamarnos a cualquier hora del día o de la noche para que nos encarguemos tanto de sus obligaciones como de sus complicaciones.

Lo lamentable es que esa “ayuda” de los padres lo que logra es mantener a los hijos dependientes de nosotros. Debe ser por eso que tantos no quieren casarse ni asumir compromisos porque, gracias a nuestra dedicación y servicios para que todo les salga bien y vivan felices, los hemos convencido de que no tienen que luchar ni esforzarse por nada. 

Y como quienes respondemos por todos sus asuntos somos nosotros, muchos de ellos no saben qué hacer con su vida y lo único que saben es que quieren más dinero, más favores, más ayuda, más diversiones, más privilegios, más y más…

Yo me pregunto, con estos antecedentes… ¿cómo podrán los hijos ser personas responsables, luchadoras y autónomas, que son cualidades fundamentales para triunfar en su vida personal, profesional y matrimonial?

¿ EXISTE LA INFIDELIDAD EMOCIONAL ? Por: Lenin Salmon



Sí, y con más frecuencia que lo que uno se imagina. La línea divisoria entre una simple amistad, y una relación que puede afectar la estabilidad de un matrimonio o noviazgo, no siempre está claramente trazada (y no debería tener que estarlo, ya que respetar dicho límite es justamente la base del compromiso adquirido). 

Mucha gente no se da cuenta de que ha cruzado esta frontera hasta que es imposible regresar, con el riesgo de alterar sus vidas para siempre. Considerando la magnitud de lo que está en riesgo, es vital poder anticiparse y evitar situaciones que puedan crear un espacio afectivo vinculante donde no debería existir más que aprecio y admiración.

Las condiciones en que se maneja la sociedad actual exigen, cada vez más generalizadamente, que hombres y mujeres compartan ambientes de trabajo, deportivos, sociales, culturales, artísticos, etcétera, estableciéndose así escenarios de contacto cercano donde no es difícil entrar en confianza. 

Si no se está alerta, un tema de trabajo, por ejemplo, puede derivar en un tema personal que se puede ir ampliando y profundizando con el paso del tiempo y favorecer la creación de un interés especial, un espacio en la mente, tal vez un sentimiento. Y no necesita ser tan obvio, incluso puede haber una sincera actitud de negación, pero gradualmente se puede convertir en dependencia, buscar estar juntos, pensar en la otra persona fuera del contexto original (trabajo, deporte, etcétera). Lo más grave es que no se necesita hacer nada, sino permitir que una relación agradable (pero inapropiada) siga su curso y termine echando raíces en un terreno prohibido.

¿Cómo saber si se ha violado el límite? 

Pregúntese si su pareja aprobaría su conducta. ¿La aceptaría usted si fuera a la inversa? 

Tal vez la señal clave de la transgresión es si usted mantiene a su pareja ignorante (o engañada) de la naturaleza de dicha relación. 

Si en este punto no se da un giro de 180 grados, lo más probable es que el siguiente paso sea la infidelidad propiamente dicha, tras la cual la vida no volverá a ser como antes. Ser previsivo/a no cuesta nada.

RAIZ DE LA CORRUPCION - Por: Carlos Muñoz G.



La corrupción es uno de los temas de los que más se comenta, pero muy pocas veces se analiza la raíz y la manera que opera. 

Muchas estructuras organizacionales pueden manifestar vicios de corrupción, pero la clave es entender que la raíz está en el corazón de las personas que conforman las instituciones. 

No basta cambiar, por ejemplo, las políticas, si quienes las lideran tienen el corazón corrompido.

Desde este punto de vista lo primero que se debe detectar son aquellos apegos que pueden esclavizar nuestro interior para detectar posibles causas de actos corruptos. 
Una persona, por ejemplo, que vive aferrada al poder y al dinero buscará formas de lograr dichos fines sin importar los medios necesarios para alcanzarlos.

Una de las características principales que distingue a la persona corrupta de otra que cae ocasionalmente en acciones equivocadas es su opción por vivir en situación permanente de falsedad. 
Vive una doble vida que se hace casi un estilo de vida, por el que busca que las demás personas sean cómplices de sus opciones, intimidando o descalificando a todo aquel que no se adhiera a la cultura de corrupción que difunde en su entorno. 

El corrupto guarda las formas y las apariencias en las que encubre sus reales intenciones e intenta justificar sus opciones descalificando a todo aquel que resulte una amenaza para sus intereses particulares.

El proceso de corrupción no ocurre de un día para otro. 

La persona ha ido gradualmente traicionándose a sí misma, de tal forma que ya no experimenta la necesidad de cambio, cree haber triunfado por sus propias fuerzas, sin depender de nada ni de nadie. 

Por ello, salir del estado de corrupción requiere muchas veces de que otras personas le hagan evidente su situación, que por hábitos arraigados durante mucho tiempo el corrupto no es capaz de identificar fácilmente. 

La persona corrupta se vuelve la medida de la realidad y este es el verdadero peligro, poniendo en riesgo su propia existencia: 

“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” (Mt. 16, 26).

PARA GOZAR MUCHO HAY QUE TENER POCO - Por: Angela Marulanda



Yo creo que los padres de la primera mitad del siglo pasado fueron los precursores del comunismo porque en ese entonces la propiedad privada no existía en la familia. Todo era de todos y hasta las cosas personales había que compartirlas con los hermanos, los primos, los amigos, mejor dicho con todo el que lo necesitara, nos gustara o no.

Además, como antes la opulencia era un defecto y la austeridad una virtud, nuestros antepasados fueron los precursores del reciclaje: los zapatos viejos del mayor se volvían los nuevos del menor; el vestido de primera comunión de la primogénita era el que usábamos las hermanas y primas de ahí en adelante; los sobrados de la comida del sábado se recalentaban para el desayuno del domingo; y el pan viejo se incluía en un caldo para los que trasnochaban. Igualmente, todo lo que pudiera servir se reacondicionaba: el calzado se remontaba, las medias de nailon se zurcían, a los bluyines rotos les ponían parches en la rodilla… Pero hoy ya nada se reutiliza ni se remienda, sino que todo se bota y se compra de nuevo.

Asimismo, todo había que compartirlo con los demás: los juguetes teníamos que prestárselos a los primos cuando iban a nuestra casa, así no quisiéramos; los caramelos de la piñata había que repartirlos con los hermanos así no nos gustara; las mejores presas del pollo eran para los papás, seguidos de los hermanos mayores y, como resultado, los menores crecimos convencidos de que el pollo solo tenía alas.

Por eso durante la niñez soñábamos con “ser grandes” para poder tener privilegios y derecho de propiedad sobre nuestras cosas sin tener que cedérselas a los otros por obligación o miedo a irnos para el infierno por egoístas.

Sin embargo, hoy el consumismo nos invadió a todos y constantemente vivimos comprando cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos y para complacer a unos niños que ya no aprecian ni agradecen nada.

Por el bien de todos y del planeta, ojalá que volviéramos a reciclar, no solo las cosas sino también los valores de antaño (que se acabaron con el consumismo) como la humildad, la modestia, la sencillez o la gratitud y sobre todo la gratitud, una virtud que florece en la austeridad. Si no les diéramos tanto a los hijos, valorarían lo que tienen y serían personas más generosas, luchadoras, entusiastas y más satisfechas.