jueves, 31 de julio de 2014

DE-FORMADOS POR EL CONSUMISMO - Por: Angela Marulanda



Hoy los niños no piden que les compremos otro bluyín sino que exigen que sean “de marca”; no solo quieren que llevemos todo lo que se les antoja cuando nos acompañan a mercar sino que van llenando el carrito con cuanta cosa les provoca. Y sus demandas no se limitan a un pequeño antojo, sino que son ellos los que deciden qué comeremos, qué película veremos en la tele, a dónde iremos de vacaciones…

Nuestros hijos hoy nacen sumergidos en el consumismo; ese es su hábitat y en el que se desenvuelven como pez en el agua. Y por eso son los que tienen la última palabra en todo lo que hacemos porque saben que, para tenerlos contentos, siempre trataremos de complacerlos. 


Como resultado, a pesar de que en nuestros países cada vez hay más gente pobre, también hay más clientes para los millones de cosas innecesarias que la publicidad nos anima a comprar. Lo grave es que hoy muy buena parte de las propagandas están dirigidas a los menores de edad porque el marketing descubrió el poder que tienen los niños como clientes y se dio cuenta que son muchos, que exigen mucho y que tienen patrocinadores muy generosos: su papá, su mamá, sus abuelos, su padrastro, su madrina…

Como consecuencia, hoy el hogar y el colegio ya no son los que tienen la llave que abre el camino al conocimiento en los niños, como solía ser en el pasado. Debido a que ahora la publicidad invade todos los rincones del hogar, es esta la que les establece a los hijos qué deben tener y ambicionar, por lo que es la industria publicitaria la que define cuáles serán los sueños y, por ende, el propósito de la vida de las nuevas generaciones.

Si no tomamos medidas que controlen la cantidad y calidad de los mensajes publicitarios, si el sistema educativo no lucha por impedir la comercialización de la cultura y los valores, y si los padres no rescatamos la moderación como valor fundamental en la formación de las nuevas generaciones, los niños crecerán de-formados por el consumismo. 


Así, el mundo tendrá comerciantes muy prósperos, pero ciudadanos espiritual y emocionalmente muy pobres. Y será un lugar en el que la ley de la oferta y la demanda llevarán a que todo en la vida tenga un precio, pero no valor.

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